Laurentino el sabio

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Por: Germán Arciniegas, columna “Hechos históricos”, El Tiempo, lunes 9 de julio de 1990.

Ayer, en la sala de velaciones de la funeraria, me contaba Juan Jacobo algo de Laurentino que yo ignoraba. La dedicatoria del libro que escribió para su tesis de doctorado, un volumen que todavía puede leerse después de unos setenta años o más de escrito, novedad entonces en la ciencia médica: decía simplemente en la primera página: “Al portero de la escuela (fulano de tal) el único que no se ha opuesto para que yo llegue a este primer grado de mi carrera”.

Y Laurentino siguió estudiando. Otros de quienes estaban en la sala hablaban de la conferencia que dictó hace 15 días en la Academia de Medicina. Como se ve, a tres cuartos de siglo del examen de grado. Laurentino hizo una anatomía de la salud pública o cosa parecida. Estuvo, como entonces, provocativo. Un poco, como el portero advertido. Mucho mérito, siendo al parecer un inválido, encorvado como un 3. Pero siempre, en sus juicios, erguido hasta la intransigencia, y de una independencia irreductible.

Yo le quise entrañablemente, digo mal: le quiero. Porque él y yo nos movemos en la zona en que no se sabe si se es o se fue o se ha ido. Laurentino en eso era sensacional. Una vez llegó a la librería Tercer Mundo, cuando era de Naranjo Villegas. En ese momento salió Uribe Prada, con quien cruzó un fugaz saludo. Preguntó a Naranjo: –Dime: ¿quién es este amigo que no recuerdo?… –Uribe Prada, Lauró: –Claro: “Narices”… El que murió el año pasado… Laurentino hizo el falso collage con la imagen del hermano… Y tranquilo.

El mismo se movía suavecito como un fantasma. Aparecia cuando no tocaba y desaparecía sin sentirse. ¿Cuántos años tenía ayer, al salir de clase en el Colegio Mayor? Noventa y cinco. Hacía treinta que lo realizaba con toda puntualidad. Nunca le pusieron falla… Yo le ponía 80. Ayer me dijeron: No: 95.

Porque en cuanto Laurentino recibió el diploma siguió de estudiante. Se duplicó en el estudio. Yo, que lo conocí antes del diploma, lo reconocí después. Y lo sigo y seguiré como estudiante. No moría, no muere ni en la caja. El reumatismo lo encorvaba, y no más. Era solitario. A la sala de velaciones no llegó viuda. No le dió la gana de casarse. Se ayudaba él solo. Escribió unos libros enormes. Hace treinta años fundé el Colegio Mayor en las huertas del viejo Panóptico y en lo que fue la cárcel instalé el Museo Nacional. Fue la aventura de mi paso por el Gobierno. Laurentino entró en eso como un romántico y hace unas tres semanas lo encontré como el día en que sacábamos los presos. Por la puerta principal abríamos las puertas del Museo y por el lado de las huertas entraban las del colegio a recibir las lecciones de Laurentino en sus clases de bacteriología…

Pero Laurentino estudiaba con ellas. Su sala era laboratorio y banco de información y nada de imperio magistral. Encorvado como un 3, el primer estudiante de la clase… Conversando ayer en la funeraria con Laurentino estábamos de acuerdo: encontrábamos repugnante la petulancia académica del maestro que trabaja con el dogma y lo impone con el martillo. Laurentino, golpeando sobre la tapa de la caja y me decía: –Recuerda lo de Erasmo: por su panfleto. Son unos burros: ¡estultos, locos, macarrónicos! Y le dolían los huesos de dar golpes en la madera.

¡Ah, Laurentino! ¡Con que te vas y no te vas!

Laurentino no podía morir porque siempre tenía algo por investigar, una tarea inconclusa, una curiosidad insatisfecha, una razón de vivir, algo que aprender. Eso era lo que enseñaba: a estudiar, a ver. Hasta que cerró los ojos. No dejó que se los cerraran.

Homenaje a Laurentino Muñoz, hijo de San Sebastián en el macizo colombiano. QEPD (Nota de la Casa del Cauca).

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Una respuesta a Laurentino el sabio

  1. Bernardso Gutiérrez Tovar dice:

    Conocí al Dr Laurentino Muñoz cuando hice mi internado de Pediatría en el Hospital San José de Bogotá por los años de 1955. Colaboré con él ayudando en la toma de Metabolismos Basales en su casa de la calle 13 con Cra 24. Lo recuerdo muy bien. Era un hombre serio, un poco misterioso y reservado y a veces displiscente. En cierta ocasión confundió a un niño hospitalizado en el Pabellón de Pediatría “Torres Umaña” del hospital San José quien sufría un Síndrome de Kwashiorkor y desnutrición acentuada, con un estudiante de medicina amigo mío, de pequeña estatura y muy delgado que vino a hacerme una consulta. Laurentino aparecía en momentos menos esperados y era muy directo en la respuestas que daba a los pacientes de reumatología en el mencionado hospital. Era un gran hombre, un gran médico, muy disciplinado, inteligente , meticuloso y gran investigador.